Eso soy yo, bueno, ya no, pero
así empecé.
Según llego al trabajo, con mi
camiseta cutre de $5 blanca y cómoda, me encuentro con una pila de platos,
boles, sartenes, ollas y todo lo que podáis imaginar dentro de una cocina, que
ni en la mili!!!! Se me ocurre pedir unos guantes para empezar y ¡Toma ya!
Guantes de látex!!! Me parece a mí que esto será el primer mundo pero de fregar
mientras intentas cuidar y proteger tus manos y uñas ni idea!!! Ale, manos a la
obra. El trabajo en sí es una mierda, pensar mucho, no hay que pensar, solo
aplicar un poco de orden y fregar las cosas. Porque claro, lo del lavavajillas
aquí no ha llegado, bueno sí, hay uno pero está como elemento decorativo! Yo,
que viviendo sola tenía lavavajillas, no porque cueste mucho fregar un plato o
dos al día, pero si lo puede hacer una máquina por ti… qué necesidad de hacerlo hay?
Al segundo día tenía un control
en la materia que me sorprendía a mí misma. Tengo que reconocer que algo de
experiencia tenía porque cuando trabajé en la “Boutique del Gourmet” también
teníamos que fregar a mano pero no había comparación porque ahí no se cocinaba,
nos mandaban la comida ya hecha y solo eran platos, cubiertos y vasos, y solo
hacía suplencias los fines de semana). Pues eso, que no era algo nuevo para mí
y, en cierto modo, era como una especie de dejavú, por un lado era casi como
volver a los 17-18 años, pero claro, después de trabajar más de 10 años delante
de un ordenador las manos de una no se adaptan muy bien a que las hagas sufrir
de esta manera (no os podéis hacer una idea de cómo me duelen y del estado de
mis uñas, con lo que me costó dejar de morderlas para hacerles ahora esto,
pobres!)
Estuve fregando platos jueves,
viernes y sábado, el domingo mi jefe me lo dio libre y nos fuimos a descansar a
la playa.
Durante el trabajo estuve
pensando que el que inventó el lavavajillas no fue un ingeniero, no, no, no…
fue un friegaplatos como yo, que pensó cómo hacer para dejar de sufrir esa
tortura!!! Leñe, si es que luego se quejaban los que remaban en las galeras de
los barcos pero ellos por lo menos estaban sentados!!!!
El lunes, de vuelta al infierno,
me levanté sensiblona (supongo), llegué, directa a la pila que ya estaban mis
amigos, los cacharros, esperándome. Mi jefe me paró, porque llegué cual rayo, y
me dijo que me relajara, me tomara un té y luego ya a currar. Total, que me
puse a llorar como una magdalena y le dije que me perdonara pero que iba a
salir a fumarme un cigarro y a llamar a mi amiga porque no sabía por qué estaba
así. Y eso hice. Cuando volví a entrar me dijo que no iba a fregar más platos,
que ahora era camarera. No lloraba por el trabajo, era un poco de muchas cosas
juntas, pero si llego a saber antes que llorando me ascendían…
Ahora hay días que me mandan
también al otro restaurante en Parramata, quiero decir, donde Cristo perdió la
sandalia, y ahí me toca hacer de todo. Pero es mucho más tranquilo y hoy le he
dicho que yo trabajo en la City, que me viene mejor y, como quieren que me
quede trabajando para ellos, mi jefe me ha dicho que OK, que solo hoy.
Nota: también estoy aprendiendo
“indi”, no sé cómo se escribe pero hay cosas como “qué estás haciendo”, “trece”
o nombres de cosas que ya no me suenan a chino y soy capaz de responder.
Lección de vida: soy una chica
con suerte, siempre he topado con buenos jefes, independientemente del trabajo.