Resulta que una de las compañeras
de la casa se ha ido a vivir sola a una residencia de estudiantes y, en su
lugar, ha venido una chica de la cual no doy datos por aquello de la privacidad.
La conocimos el domingo en la playa, después de su visita a la habitación/casa,
y se vino con nosotros a pasar el día; es una chica de 25 años súper guapa y
muy maja también.
Pues bien, hoy he estado hablando
con ella un rato después de comer, sobre la vida, el mar y los peces, vamos, de
todo un poco. Y cosas raras que tiene la vida, me sentía tan identificada con
ella con lo que me estaba contando…
Anoche nos presentó vía skype a
un chico con el que estaba hablando, mientras le enseñaba su nueva casa. Le
conoció el día de Nochevieja y han estado saliendo desde entonces hasta su
partida a estas tierras lejanas a finales de febrero. Por lo visto el chico le
dijo anoche que se había enamorado de ella y que, si le parecía bien, quería
venir a visitarla aquí. Si al final va a ser cierto eso de que el amor mueve
montañas… El caso es que ella ha venido
porque le han concedido una beca en su universidad y tiene que estar el
semestre aquí; aunque está deseando volver, sabe que es una oportunidad que no
puede dejar pasar porque es bueno para su futuro profesional.
Y yo, que estoy pasando por algo
parecido (digo parecido porque yo no tengo beca y, por tanto, mi estancia no
está sujeta a ninguna responsabilidad) me planteo cuál es el sentido de los
retos que se nos plantan por delante. Cuál es la decisión acertada ante una
situación así, cuando la vida te cambia de la noche a la mañana, porqué no dejarse llevar…
Me vais a perdonar que, tal vez
hoy, después de la conversación que he tenido, estoy un tanto melancólica, pero
no paro de dar vueltas al coco preguntándome si lo que estoy haciendo es
realmente lo que quiero o ya no. Es lo que tiene que te den un miércoles libre,
horas y horas eternas para pensar…